


Inmersión en la serie Tales, un formato dedicado a los artesanos del sonido
En la música, a menudo tendemos a poner el foco en el resultado final. Los rostros, las voces, los escenarios iluminados por focos demasiado calientes. Y eso en detrimento del proceso. Casi olvidaríamos que detrás de cada riff que se queda en la cabeza, de cada beat que suena en bucle, existe una constelación de artesanos. Gente que esculpe el sonido, que toma decisiones invisibles, que trabaja hasta tarde, que a veces duda, pero que sigue adelante porque sabe que un detalle puede cambiarlo todo.
Para ellos imaginamos Tales.
Un formato que pone en valor a quienes hacen la música: los ingenieros de sonido que salvan una toma en el último momento, los mánagers que detectan una chispa antes que nadie, los directores artísticos que marcan un rumbo cuando un proyecto todavía busca su forma, los técnicos que montan un escenario en tiempo récord, los músicos que acompañan, que tranquilizan, que subliman.
Simon Clair, en algunos proyectos
Para este primer episodio, le tendimos el micro a Simon Clair, periodista musical, autor y documentalista. Antiguo redactor jefe de Trax Magazine, hoy sigue explorando las mutaciones del sonido para Arte, especialmente con su serie Auto-Tune. Repasa con nosotros su trayectoria, sus inicios entre discos de jazz y debates familiares, su relación con la escritura y las transformaciones del oficio.
La entrevista Tales
¿Cuáles son tus primeros recuerdos relacionados con la música?
Mi padre era profesor de música en secundaria, así que en casa había instrumentos
por todas partes. También tenía una enorme colección de discos. Uno de mis primeros recuerdos más intensos,
es yo, de pequeño, delante de sus vinilos, describiéndole imágenes o emociones —como «una
gran ciudad, de noche, acaba de llover»— y él proponiéndome Chet Baker, Kind of Blue,
Libertango de Piazzolla. Me hacía una pila y me decía: «Ve a escuchar esto a tu habitación y
mira qué te provoca». Así construí una parte de mi cultura musical:
intentando poner nombres a las sensaciones.
¿Y en qué momento pensaste: “la música formará parte de mi vida, incluso profesionalmente”?
En la adolescencia. Escuchaba a Offspring, grupos de rock, y sentía cosas
tan potentes que pensaba: «Esto no puede no formar parte de mi vida». Y
luego leía las reseñas de las revistas musicales y descubría que te podían pagar
por dar tu opinión sobre un disco. Más tarde entendería que no te pagan tanto
(risas), pero en aquella época me fascinaba.
¿Hay álbumes que sigas escuchando para reencontrarte con aquella época?
Sí, claro. Mi padre falleció hace dos años y heredé toda su colección.
Escuchar ciertos discos es reconectar con él. Por ejemplo, Get Yer Ya-Ya’s Out de los
Rolling Stones, Kind of Blue de Miles Davis, un montón de discos de jazz… Veo de nuevo a mi padre
contándome historias alrededor de esas canciones. Sigue estando muy presente.
¿Cómo entendiste que lo tuyo no era tocar, sino escribir sobre música?
Intenté ser guitarrista, fui al conservatorio, pero enseguida vi que lo que me
apasionaba eran las conversaciones en torno a la música, los debates interminables con los amigos o
en familia. Ahí era donde me sentía en mi sitio: no en la interpretación, sino en la
transmisión, en el hecho de escribir.
¿Puedes repasar las grandes etapas de tu trayectoria?
Ha habido varios capítulos.
Primero, el descubrimiento musical desde muy pequeño con mi padre. Después, el conservatorio, que me
enseñó a entender la música desde un punto de vista más estructural.
Luego, la universidad, donde entendí que había carreras en las que se podía escribir sobre música.
Empecé a mandar textos, a escribir un poco en todas partes, hasta convertirme en redactor
jefe de Trax.
Allí desarrollé una visión más editorial, menos centrada en mis propios artículos. Y
desde entonces, alterno entre prensa escrita y documentales.
¿Quién fue la primera persona o el primer medio que te dio la oportunidad?
Más que una persona, fue una revista. La primera que me dio una oportunidad fue
Snatch. Dejó de publicarse en 2015, si no me equivoco. Para situarla, era una especie de
versión exclusivamente cultural de lo que sería Society hoy: relatos largos, espacio para las
historias, formatos extensos pero centrados en la cultura.
Era una revista que leía y que me gustaba mucho. Y no pensaba necesariamente
que pudiera tener un sitio allí. La casualidad de los encuentros hizo que un día me propusieran
probar a escribir una pequeña cosa para ellos. Yo, muy nervioso, lo escribí superrápido para llegar
a tiempo, para ser el buen alumno. Creo que ese lado de buen alumno les gustó. Me
fueron confiando cada vez más cosas. Y ahí fue donde todo empezó para mí.
Siempre les estaré agradecido por haber confiado en mí en un momento en el que yo mismo
no estaba seguro de tener mi sitio. De hecho, así fue como conocí a Quentin Guériot
(exdirector general de Trax)
Esa famosa portada de Jul en Trax, ¿nos puedes hablar de ella?
Acababa de ser nombrado redactor jefe. Queríamos sacudir la línea editorial, abrirnos a un
público más joven. Trax se estaba encerrando un poco en un círculo de puristas de la electrónica, y yo
odio esa cosa de decir «valgo más que tú porque escucho esto».
En la redacción escuchábamos de verdad a Jul, nos gustaba. Y Marsella se estaba convirtiendo en una ciudad de la que
se hablaba cada vez más. Así que no era solo una maniobra de comunicación. Pero sí, la portada
dio que hablar. Algunos se fueron, otros llegaron. Tiendo a pensar que perdimos a los
menos abiertos y ganamos a los más curiosos.
El documental sobre el autotune para Arte, ¿cuál era la idea?
Todo surgió de los debates que teníamos entre amigos: ¿el autotune es hacer trampas? ¿Es
cantar? PNL acababa de triunfar en Francia. Había una estética autotune muy
potente. Queríamos contar esa vibra robótica y melancólica y, al mismo tiempo, responder
a las críticas.
También era una manera de explicar lo que esta herramienta ha producido en términos de sonidos,
imaginarios y controversias.
¿Notas un interés creciente por los documentales musicales?
Sí. Las cadenas buscan conectar con un público más joven. También está el efecto YouTube:
están apareciendo muchos formatos híbridos. Y, paradójicamente, junto a los formatos cortos
tipo TikTok, existe un verdadero deseo de formatos largos. El documental sobre DJ Mehdi, por
ejemplo, funcionó muy bien. Demuestra que se puede profundizar en un tema, desarrollarlo y que
el público está ahí.
¿Cuál es, para ti, el gran cambio de la profesión?
Cuando empecé, el periodista tenía que pasar desapercibido. Hoy se les pide a los
periodistas que tengan una voz, que sean visibles, que estén presentes en las redes. Hay una verdadera lógica
de marca personal.
Los periodistas a veces tienen más seguidores que los propios medios. Eso cambia
el equilibrio. Y también a nivel técnico, todo ha evolucionado: los programas, la velocidad de producción, todo
va más rápido.
Con 200 000 canciones que salen cada día en Spotify, ¿cómo se hace para no
sentirse abrumado siendo periodista musical?
Sinceramente, uno se siente abrumado. Es imposible escuchar todo lo que sale. La única
solución es escuchar menos, pero mejor.
Y escuchar mejor significa dedicar tiempo a entender la canción, su contexto,
lo que está en juego alrededor. ¿Por qué esta batería suena así? ¿Qué dice eso del género
musical, de la época, de la trayectoria del artista?
Hoy nunca hemos escuchado tanta música, pero quizá nunca tan mal. Todo
se convierte en música de fondo. Sale un álbum y, dos horas después, todo el mundo grita que es
el álbum del año… y luego se pasa al siguiente. Con el tiempo, mi relación con la
música se ha vuelto más pausada, más atenta.
Vuelvo mucho a la escucha en vinilo. Porque me obliga a ir más despacio. Ir a
buscarlo, ponerlo, cambiar de cara. Ese tiempo es lo que permite construir de verdad
un discurso, hacer una crítica con fundamento.
¿Has pensado alguna vez en crear tu propio medio?
No.. Ya hay muchos medios. Y me gusta el trabajo en equipo. Crear un medio suele
ser una aventura muy solitaria al principio. Prefiero remodelar un medio ya existente. Y
sinceramente, sería incapaz de elegir un nombre…
Compaginas mucho la prensa, la imagen, la escritura… ¿Es algo buscado?
Creo que el periodismo es, por naturaleza, una profesión polifacética. Hay que ser curioso,
saber reaccionar, contar una historia de la mejor manera posible. Y sí, a mí me gusta
multiplicar los enfoques, explorar distintos formatos.
¿Una escena que soñarías con documentar?
La escena de los sound systems en Jamaica.
¿Un artista al que entrevistar en formato largo?
Bad Bunny, sin dudarlo. Tiene un impacto social enorme y, musicalmente, es un
fenómeno.
Y, por otro lado, tuve la suerte de entrevistar a Ryuichi Sakamoto. Es la entrevista que más
me ha marcado. Un pozo de sabiduría, elegancia e inteligencia. Me habría encantado poder volver a hablar
con él.
¿Y si pudieras teletransportar tu oficina adonde quisieras?
Tokio, Lisboa, pero en realidad, París. Por mucho que haya vivido en otros lugares, es donde mejor
me siento. La energía de la ciudad me estimula

