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Bajista de Astral Bakers: cómo Theodora Delilez acabó en Bercy

Para este nuevo episodio de Tales, nos hemos reunido con Theodora Delilez. Bajista, cantante, compositora y productora, aborda los proyectos con la misma exigencia: mantenerse fiel a lo que realmente resuena. Desde sus primeros recuerdos musicales hasta la creación de Astral Bakers, pasando por la independencia, el directo, la producción y el acompañamiento a otros artistas, Theodora relata un camino de lenta construcción, decisiones asumidas y atención a lo esencial.

Una conversación intensa y sensible, en la que se habla de sintes de los 80, bajo, constelación humana, voz interior... y de esa forma tan personal de habitar la música sin buscar dominarla.

El grupo Astral Bakers


La entrevista Tales

No un momento preciso, sino una atmósfera. De niña, mis padres solían llevarnos en coche a la montaña. Estaba el olor del interior del coche, las curvas, las mantas que nos daban atrás... Y, sobre todo, la música. Escuchábamos a Leonard Cohen, Bryan Ferry, The Doors. Ese recuerdo de estar tumbada con música muy buena en los oídos es fundamental.

No realmente. Mis padres son melómanos, sobre todo del rock de los años 60, 70 y un poco de los 80. Pero no había ningún referente de músico profesional. El único era mi hermano mayor, que tocaba la guitarra en su habitación. Al verlo, me entraron ganas de probar, pero de otra manera. Elegí el bajo. Y eso me demostró que se podía aprender de otra forma, sin pasar por el conservatorio.

Recibí clases de bajo con amigos de mi hermano. Después, en el instituto, con 14 años, me uní a un grupo cuyos miembros tenían 15. El detonante fue Pink Floyd. Cuando les dije que me gustaban, se interesaron por mí. Mentí diciendo que llevaba un año tocando el bajo, cuando en realidad solo habían sido tres meses. Ensayamos juntos, me enseñaron nota por nota. Y me propusieron tocar con ellos en la Fête de la Musique. Ese grupo de hard rock duró ocho años.

Fue surgiendo poco a poco. Lo que realmente me gustaba no eran los grandes riffs, sino las capas de sintes, las texturas. Me emocionaba la mezcla de guitarras y sintes. Y en la radio escuchaba canciones más emocionales, baladas de los 80 como Everybody’s Got to Learn Sometimes. Ese lado cursi, sentimental, me hablaba mucho. Eso es lo que alimentó mi gusto, lo que acabé desarrollando después en mi propio sonido.

Sí, muchísimas. Como escribió Siri Hustvedt en Souvenirs de l’avenir, hay canciones que te devuelven al momento en el que tenías toda la vida por delante. Para mí son Lady in Red de Chris de Burgh, I’m on Fire de Springsteen, o también Dire Straits. Cuando escucho eso, recuerdo lo que era tener 15 años, esas ganas de escapar, de vivir algo más grande.

Primero estuvo aquel grupo adolescente llamado Metal Finger, después The Spine. Luego, hacia los 19-20 años, conocí a dos chicas con las que formamos Théodore, Paul et Gabriel, un grupo de folk-rock que duró 5-6 años. Con ese proyecto empecé a profesionalizarme: un álbum, una gira, prensa.

Pero en aquel momento todavía no me permitía salir del bajo. Estaba un poco cohibida. Fue durante esa gira cuando empecé a explorar por mi cuenta, a escuchar cosas que me hablaban de una forma más personal.

Sí. Me dije que, si quería ser independiente, tenía que aprender a apañármelas sola. Invertí en un micrófono, un teclado, un software. Me prestaron un Yamaha PSR-36 y empecé a soñar con los sonidos. Y fui encontrando poco a poco mi propio universo. Publiqué un primer EP, después Obsession en 2017. Luego un álbum y, recientemente, otro EP.

Sí. He tocado con Sage, Fishbach, Juniore, Laura Cahen, Ricky Hollywood, Barbagallo... Y desde hace tres años formo parte de un grupo al que le tengo un cariño especial: Astral Bakers, con Sage, Zoé Hochberg y Nicolas Lockhart. Queríamos crear algo muy humano, sin ordenador ni artificios. Solo música tocada juntos, con una energía de confianza, sin presión. Publicamos un álbum después de dos años trabajando en la sombra. Incluso salimos de gira, tocamos en los Zéniths con Clara Luciani, incluido Bercy. Fue impresionante.

Sí, dos. La primera fue con Barbagallo en 2017, en Sudamérica. Tocamos en un pequeño festival en Belém, al norte de Brasil. Tenía jet lag, estaba completamente aturdida y, aun así, había que salir a tocar. La acogida del público fue increíble. Hacía humedad, fue intenso e inesperado. Me dije: «¿Cómo he acabado aquí?»

Y después, más recientemente, con Astral Bakers, tocamos en Bercy. Tocar ante una marea humana como teloneros es un reto. Tienes 30 minutos para conquistar al público. Y lo hicimos.

Forman parte del camino. En 2019-2020 tuve un auténtico periodo de cuestionamiento, y ni siquiera fue por el covid. El confinamiento me permitió más bien volver a centrarme en mí como persona. No solo como artista. A veces nos olvidamos de nosotros mismos en esa idea de producir, de ser visibles. Entonces entendí que la vida no consistía solo en dar conciertos o escribir buenas canciones.

Me adapto, pero no he nacido con ello. Los más jóvenes tienen una especie de reflejo natural para esto que yo no tengo.. Así que tomo distancia. A veces es frustrante: haces una buena canción, un buen videoclip y, algunas veces, no pasa nada. Pero intento decirme que ya es una suerte enorme poder dedicar mis días a esos proyectos.

Es saber qué puedes aportar a un·a artista a quien acompañas. Estar al servicio de un proyecto que no es el tuyo, sin borrarte, pero encontrando tu lugar adecuado. Observar, comprender, acompañar. Y me gusta eso. No necesito necesariamente estar en el centro todo el tiempo.

Claramente fue una casualidad. Me di cuenta de que tenía facilidad, aunque al principio era un poco perezosa. Tengo las manos grandes, buen oído... Podría haber sido otro instrumento, pero me tocó el bajo.

No creo en absoluto en la predestinación. Lo que se ha convertido en algo central en mi vida era, al principio, algo secundario. Y fue a base de pequeños acontecimientos, de golpes de suerte, de encuentros... como se convirtió en lo principal. Pero no era un «meant to be».

Sí. Veo a más mujeres, personas queer o racializadas tomando la palabra, imponiendo su voz. Artistas como Yoa o Iliona abordan temáticas que antes no se veían. Ha habido un verdadero cambio de paradigma. Pero, al mismo tiempo, las desigualdades se agravan. A los artistas indies les cuesta cada vez más existir, completar sus horas. El algoritmo es ineludible.. hay voces magníficas que todavía no se escuchan.

Pues llevar adelante un proyecto personal hoy en día, para mí, consiste ante todo en intentar aportar una voz personal en un mundo que se ha vuelto bastante impersonal. Creo de verdad que aún hay espacio para la originalidad. Lo que me interesa es cultivar al máximo la voz interior, intentar contar lo que uno tiene que decir de su pequeña vida y lograr conectarlo con el mayor número de personas… sin tener que convertirse necesariamente en mainstream. Hay que encontrar un equilibrio, y es sutil.

En lo que realmente creo es en la constelación. Un círculo de aliadxs. Una red de indies, de personas cercanas, de músicos, de técnicos, de gente que se ayuda mutuamente, tanto en sus fragilidades como en sus fortalezas. Que se nutren unos a otros, sin mirar únicamente por sí mismos. Sé que esto va en contra de la imagen del artista solista que quiere encarnarlo todo, cargar con todo… creo que esa figura tiene cada vez menos sentido hoy en día.

Con Cat Stevens.

Una isla griega. Quizá Spetses. Tengo raíces allí, y es donde mejor me siento.

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